Cuando falta el amor, falta la misericordia, cuando falta la misericordia, prevalece el orgullo, cuando el orgullo aparece, se manifiesta la indiferencia. Y si la indiferencia permanece, hay separación, distanciamiento, silencio. Decimos que amamos a Dios, pero prevalece nuestro engañoso sentir. Hacemos diferencias, hemos aplicado el oído en el lugar incorrecto, y el enemigo metió cizaña en nuestro corazón. Es el Padre, el que tiene que amar a los hijos, es el mayor, el que ha de cuidar del menor. Es el espiritual, el que dice conocer las escrituras, el que ha de preguntar ¿Cómo te encuentras? ¿Necesitas algo? ¿Puedo ayudarte? Pero como aquellos fariseos prefirieron crucificar al justo, porque su imperio se deshacía. Nos duelen las verdades, los que piensan diferente, los que no se someten a la jerarquía.Y mientras, el cielo clama, ¡Amaos, como yo os amo!
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