Jesucristo vino a salvar nuestra alma de la condenación del infierno, hoy no hay temor de Dios y muchos cristianos viven agradando a este mundo como si nunca hubieran de presentarse un día delante de Dios. Jesús no murió para salvar nuestro cuerpo, el vino a liberar nuestra alma de las garras de satanás. Esta gran verdad central y eterna debe transformar por completo nuestra forma de vida diaria. No fuimos rescatados para seguir las corrientes vacías de esta sociedad, sino para caminar con total firmeza en santidad, fe y reverencia divina. El sacrificio en la cruz exige un compromiso absoluto de nuestra parte. Debemos despertar de la apatía espiritual ahora mismo. Es tiempo de examinar el corazón, romper con el pecado y buscar agradar únicamente al Creador. Tu valiosa alma le pertenece a Él; vivamos hoy con la mirada fija en la eternidad.
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