Yo Pablo, prisionero de Jesucristo, él estaba en Roma, cautivo por amor al evangelio, por amor a Cristo y los que aún no conocían a Jesús. ¡Como me ha tocado esta palabra hoy!, prisionero de Jesucristo, no de Nerón, no de los romanos, porque su vida a pesar de estar en prisión, no le pertenecía a nadie más que a su amado Jesús. Eso nos dice mucho de nuestras pruebas y situaciones, el saber poner delante de Dios todas nuestras aflicciones, pues si Dios es el dueño y Señor de nuestras vidas, todo lo que nos acontezca, será para la gloria y la alabanza de Cristo. Me quebranta lo que Pablo le dice a su hijo Timoteo desde la prisión: En el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa.
Que Dios nos de entendimiento, y no cerremos nuestra boca, ¿Hablemos de Jesús!
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