Mirar atrás es reconocer que ninguna victoria fue por mis propias fuerzas. En los momentos de mayor oscuridad, cuando las dudas intentaban apagar mi fe, Su mano invisible me sostuvo con firmeza. Cada puerta que se abrió, cada prueba superada y cada bendición que hoy alegra mi hogar provienen de Su gracia inmerecida. No hay mérito en mí; el orgullo se desvanece ante Su grandeza. Él transformó mi dolor en un hermoso propósito y mis debilidades en testimonios de Su inmenso poder. Por eso, al levantarme cada mañana y contemplar Su fidelidad, mi corazón solo puede rendirse en gratitud. Mi vida entera es el reflejo de Su amor incondicional y Su guía perfecta. Hoy confieso con profunda humildad y total certeza: Todo se lo debo a Él, mi Salvador. Amén
Pastor Luis Quiros
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